Espejismos

Espejismos
Signos

lunes 16 de enero de 2012

La literatura contemporánea mexicana es ¿actual?


De la literatura mexicana se ha dicho mucho y se ha escrito más. Hay antologías, ensayos y artículos que nos muestran a los más importantes representantes de cada época desde el periodo prehispánico, conquista, colonia y demás etapas en donde se han ido gestando autores, temas y obras. Sin embargo, cuando se llega a lo que llamamos literatura contemporánea se nos presenta una incógnita y no es porque no haya dignos representantes de este tiempo sino porque justamente el inicio de lo que podríamos llamar literatura contemporánea mexicana no se refiere a lo actual sino a varios años atrás, veamos. Con la aparición en 1943 de El luto humano de José Revueltas y Al filo del agua (1947) de Agustín Yánez, se anuncia la época contemporánea de nuestra narrativa; sobresale el ensayo con Octavio Paz y El laberinto de la Soledad (1950), que establece una nueva visión del mexicano y que al llegar la década que va de 1960 a 1970, destaca notablemente en la mente de los nuevos autores los cuales van depurando, ensayando, agotando muchos tipos de narrativa y creando estilos. Entonces, estamos hablando de una generación diferente para aquellos tiempos, clásicos para estos. Esta formación literaria pretende ser una narrativa de ruptura, pues la visión de los autores, que en aquellos años tenían menos de treinta años, fue innovadora, ofrecían otra perspectiva de México, otros conceptos de escritura lo que tal vez incomodó a aquellos tradicionalistas que querían seguir viendo en la literatura temas a la patria o amor idealizado. Qué decir de aquella generación denominada La onda donde los escritores jóvenes destacaban en sus historias la rebeldía del adolescente quienes dejan de ser receptores y pasan a ser personajes importantes de las historias, utilizando la primera persona como voz narrativa, se establece una especie de código de iniciados para iniciados, literatura que el adolescente escribe para que el adolescente lea. Los personajes son críticos de su entorno, con vestimenta extraña, comportamiento desafiante, grotesco, inventando lenguajes, creándose una nueva identidad. Los escritores van experimentando estilos y lenguajes sin miedo, desafiando las reglas de la “buena escritura”, desarrollando ritmos narrativos que gusta a los jóvenes que por primera vez se sienten parte de lo que leen.

Cada generación de escritores y poetas han sido los voceros de su contexto social, se han revelado a lo que no les gusta o exhibido sus afinidades. La literatura contemporánea por lo tanto es el reflejo de lo que está pasando aquí y ahora, nos guste o no. La temática contemporánea ha cambiado, como también los narradores aunque volvamos a la duda de no saber desde cuándo empieza esta generación de nuevos escritores. Podemos mencionar a Luis Zapata (1951) y su temática homosexual con el Vampiro de la Colonia Roma (1979) hasta Juan Villoro (México 1956) y Enrique Serna (México 1959) como algunos de los escritores más jóvenes que destapan en cada una de sus obras y personajes, ese fondo oscuro que guarda el ser humano. Ese aparentar que todo está bien, que no pasa nada pero sabemos que nada está bien y pasa todo. Estos autores presentan las pasiones que rigen el comportamiento humano: amor, pasión, odio, venganza, muerte y que muchas veces tienen que ser disimulados por reglas sociales, por ello (los personajes) deben encontrar la mejor manera de expresar lo que sienten, de llevar a cabo sus deseos que la mayoría de las veces contrastan con sus conductas opuestas; no es lo mismo brindar ayuda espiritual para que una moribunda pase “purificada” al otro mundo que ultrajarla por venganza[1] o hablar abiertamente de las preferencias sexuales, contando a detalle cada uno de los encuentros[2].

En la poesía también se da ese cambio generacional en temas y estilos. La mujer se “atreve” a escribir poemas que se salen de esa línea romántica o culinaria a la que se le tenía asignados y empieza a descubrirse como amante, critica hasta inconformarse con su rol social. Así nos encontramos con Rosario Castellanos (1925) y Enriqueta Ochoa (Coahuila 1928) poeta que destaca en su obra la pasión, erotismo, deseo, a través de un estilo muy personal. La poesía de Enriqueta Ochoa está llena de misticismo, erotismo y religiosidad; elementos ligados en cada uno de sus versos. Los temas de sus poemas son de profunda interioridad; experiencias de vida y revelaciones dolorosas a través de un estilo sencillo y claro; musical, que permite al lector un fácil acceso a su mundo.

Dicen que una debe
morderse todas las palabras
y caminar de puntas, con sigilo, cubriendo las rendijas,
acallando al instinto desatado,
y poblando de estrellas las pupilas para ahogar[3]
el violento delirio del deseo.

Si la poesía es el reflejo de la realidad actual, no olvidemos entonces a Javier Sicilia, uno de los poetas que ha utilizado la palabra como herramienta para expresar el dolor que ha sentido por la muerte de su hijo.

“El mundo ya no es digno de la palabra

Nos la ahogaron adentro

Como te (asfixiaron),

Como te

desgarraron a ti los pulmones

Y el dolor no se me aparta

sólo queda un mundo

Por el silencio de los justos

Sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo”.

Con este poema Sicilia externó su dolor y puso fin a su carrera de poeta. Sin embargo sabemos que aunque las bocas callen, las palabras siempre buscarán la mejor manera de hacerse presente ya sea en un cuento, novela o poesía y siempre habrá también un narrador o poeta que preste sus manos para escribirlas.



[1]Cuento Extremaunción en Amores de segunda mano.

[2] El Vampiro de la Colonia Roma de Luis Zapata.

[3] Fragmento del poema Las Vírgenes Terrestres de Enriqueta Ochoa.

martes 27 de diciembre de 2011

Un deseo de año nuevo!!


Vivimos en un mundo donde todo se da rápidamente. Para muchos de nosotros el tiempo significa acciones (producción) es decir, estamos programados con diversas actividades que creemos son importantes para nuestro bienestar. La mayoría de esas tareas están enfocadas a acumular bienes materiales: autos, casas, tecnología, etc,. Se trabaja para tener mayor comodidad pero no nos damos cuenta que en nuestro afán de querer tenerlo todo nos vamos olvidando de los más importante; conocernos a nosotros mismos.
¿Cuántos de nosotros nos hemos detenido a pensar alguna vez en lo que en verdad queremos, que no sean cosas materiales? ¿Qué sentimos? ¿Qué necesitamos? ¿Qué estamos dispuestos a dar?
Probablemente éstas son preguntas que la mercadotecnia también ha respondido por nosotros. Nos basta encender la TV o navegar por la red para “creer” encontrar ahí la respuesta, en los anuncios, en campañas sociales, principalmente en esta temporada del año, que nos invitan a donar dinero en vez de amor.
Escuchamos slogan como:
- Teletón. Lo mejor de ti hace grande a México.
- Un kilo de ayuda hace la diferencia
La táctica es dejarse persuadir para “dar” un poco de lo que se tiene (hablando de dinero exclusivamente), nuevamente volvemos a lo material, aunque así (engañosamente) ya nos sentimos menos superficiales, pues creemos que si “ayudamos” estaremos en Paz con los demás (y nuevamente la pregunta salta ¿estaremos en Paz con nosotros mismos?), la cuestión es no molestarnos en buscar las respuestas a nuestras necesidades sino tomar las opciones que “otros” (en este caso los medios de comunicación) nos ponen enfrente.
Desgraciadamente todo el lanzamiento informativo, nos crea ilusiones falsas y cuando caemos en nuestra realidad nos damos cuenta que estamos vacíos, que aparte de dinero (o cosas materiales) no tenemos nada más qué dar por ello nos aferramos a las propuestas espirituales que también se ofertan en el mercado como si fueran moda. Así practicamos Yoga, Tai-chi-, nos volveos Budistas, Hinduistas, Gnósticos. Emprendemos una búsqueda rápida a cualquier doctrina que “aparentemente” llene nuestras necesidades de manera fácil y rápida, porque no hay tiempo para la espera. Si todo ya está ahí para qué vivir el proceso que es lento y tardado. No estamos dispuestos a realizarlo, a tener una preparación desde nuestro interior, porque se nos hace pérdida de tiempo. Pues lo que queremos es ver resultados inmediatos.

- Vivimos en el estrés y ansiedad.
- Tenemos momentos de crisis.
- Trabajamos presionados.
- Tenemos miedos.
Por ello:
- Buscamos una terapia virtual.
- Sesiones psicológicas en CDs
- Lectura de cartas.
- Terapeutas por teléfono.

Instructivos que desaparezcan, por arte de magia, nuestros problemas, nuevamente sin esforzarnos demasiado.
Hemos dejado de conocernos, de saber lo que sentimos. Estamos cayendo en la robotización; nos programamos para saber reaccionar a determinadas circunstancias, pero hemos dejado de ser espontáneos.
Hay que volver a ser más humanos, dejar de ver cuánto tenemos para valorar mejor qué tenemos como familia, amigos y seres que nos han brindado ayuda en momentos difíciles.
Por ello en este inicio de año, que uno de nuestros propósitos sea conocernos sin ayuda de la televisión ni la publicidad, sino por iniciativa propia.

Que seamos más originales que el año anterior, recuerden que las copias son desechables por muy fuerte que sea la tínta.

Feliz Año 2012!!!.

jueves 15 de diciembre de 2011

Violencia y literatura


I. La literatura antigua es cruel.

El fenómeno social del narcotráfico ha invadido a la narrativa actual mexicana, pues a estas alturas es difícil identificar qué historias de tragedia y violencia forman parte de la ficción y cuáles de la realidad. Las oleadas de detenciones, muertes sangrientas a manos de criminales y demás sucesos ilícitos han sido retratados en capítulos de libros que mucho trabajo cuesta identificar si el autor puso “a volar su imaginación” o simplemente desarrolló un realismo puro.

Pero aunque este fenómeno se haya “popularizado” en las últimas décadas, no es un tema actual para la Literatura Universal. En la Biblia podemos encontrar pasajes verdaderamente sangrientos, batallas terroríficas que se llevan al cabo en nombre de Dios. Recordemos cuando en el libro de Josué (Antiguo Testamento), el Sol se paró en medio de una batalla para que Josué, el conquistador de pueblo, tuviera un largo día para completar una de sus muchas masacres. Y qué decir de la Ilíada (clásica epopeya griega), donde basta tener conocimiento de los últimos diez años de lucha, entre Griegos y Troyanos, para darse cuenta que el motivo de los enfrentamientos no fue el rescate de la bella Elena, sino obtener el poder absoluto de la región (tanto en lo económico como en lo político). Así Aquiles se mide a Héctor, sometiéndolo frente a su pueblo en un acto verdaderamente cruel ¿Qué satisfacción le daba arrastrar el cadáver hasta desfigurarlo, acaso sentirse todavía más poderoso? Imaginemos la sensación de dolor que pudo haber tenido Príamo al ver el cuerpo de su hijo mutilado, deforme, sangriento; derrotado, aunque con la certeza de que al menos le rendiría fastuosos funerales.

En el Mahabarata por ejemplo, se puede leer lo siguiente: “Al contemplar cadáveres sin cabeza, cabezas sin cuerpos, algunas mujeres eran víctimas de una horrible emoción […] Algunas […] al ver a sus hermanos, esposos o hijos caían retorciéndose de dolor. Otra permanecía inmóvil teniendo en sus manos una cabeza separada del cuerpo correspondiente…”[1] El orador nos describe cómo queda el campo de guerra después de una lucha sangrienta. Pero ¿por qué el afán de contar sucesos violentos? Porque no hay que olvidar que la literatura (oral o escrita) tiene su propia función social: perpetuar la memoria, aniquilar el olvido, por ello los narradores deben contar lo que pasa en su contexto, aunque muchas veces, como se dice comúnmente, la realidad supere la ficción.

II. La violencia se hace presente en nuestra literatura.

Nuestra historia también se ha forjado con acciones violentas, pues baste recordar el nacimiento de Huitzilopochtli cuando sale del vientre de su madre para matar a los 400 surianos (sus hermanos) y defender así el honor de la Coatlicue; no es nada generoso al degollarlos. También la época virreinal nos deja su legado de relatos “criminales” como aquella mujer que asesina a sus hijos y luego vaga, lamentando su dolor; las torturas inhumanas en las mazmorras de la Santa Inquisición o ya, como el momento climático, los autos de fe, donde los condenados eran al fin quemados en la hoguera. ¿Qué son estos sino puras historias violentas? y sin embargo, forman parte de nuestra identidad, de nuestra historia, de cosas que no debemos olvidar porque corremos el riesgo de repetirlas, aunque tal vez a estas alturas ya esté siendo un poco tarde.

En épocas posteriores, sobre todo en la revolución, empieza a desarrollarse en México (exclusivamente) un género literario denominado “novela de la revolución”. Las historias giran en torno al movimiento armado de 1910 y los héroes son personajes ansiosos de reconocimiento y poder. Las descripciones de asesinatos se hace bajo un estilo más natural, incluso hasta poéticamente, como puede verse en el capitulo “La fiesta de las balas” de la novela “El Águila y la Serpiente” de Martín Luis Guzmán. Ahí se describe como el General Fierro, va disparando, a grupos de diez, a 300 prisioneros enemigos.

Y vino otro grupo de diez, y luego otro, y otro, y otro. Las tres pistolas de Fierro […]se turnaban en la mano homicida con ritmo infalible. Cada una disparaba seis veces […]Los dedos del asistente tocaban las balas que segundos después tenderían sin vida a los prisioneros […] Arriba, por sobre su cabeza, se sucedían los disparos con que su jefe se entregaba al deleite de hacer blanco.

El angustioso huir de los prisioneros en busca de la tapia salvadora […] duro cerca de dos horas, irreal, engañoso, implacable. […] Tiraba Fierro sobre blancos movibles y humanos, blancos que daban brincos y traspiés entre charcos de sangre y cadáveres en posturas inverosímiles, pero tiraba sin más emoción que la de errar o acertar.

Acaso esta descripción pudo haber sido también la de las víctimas de San Fernando… quién sabe, aquí es solo ficción.

III. Aparece la narcoliteratura.

En la época de los 70, aproximadamente se da (en casi toda América Latina) un fenómeno conocido como “venta de droga” principalmente amapola y marihuana. El país que inicia el “boom” de esto es Colombia, aunque pronto llega a México.

Los comerciantes de dicho negocio, empiezan a tener capitales significativos, y sobre todo poder para corromper fácilmente el tejido social. Poco a poco, esa venta de droga se convirtió en una verdadera red empresarial, desencadenando en “el fenómeno del narcotráfico”. Los medios de comunicación empiezan a verse invadidos de violencia. Surge el cine de narcos (o narcocine) producciones que tienen como argumento la corrupción de los cuerpos policiacos y los nexos con el hampa. Las historias presentan, a gran detalle, asesinatos y violaciones al por mayor, reforzadas mercadológicamente por los corridos populares; herramienta muy poderosa para expandir la fama de los narcotraficantes. Estas cintas han sido una fuente de ingresos, constate, en las pequeñas y mediana productoras cinematográficas que no reciben ayuda del gobierno.

Así tenemos títulos como: La banda del carro rojo (1978), La mafia de la frontera (1979), Emilio Varela y Camelia la texana (1980), La camioneta gris (1990) y más recientemente El infierno (2010) y Miss bala (2011 Gerardo Naranjo) y corridos del mismo nombre.

En la literatura también hay obras que basan su argumento en temas de violencia y narcotráfico. Estas novelas forman parte de lo que muchos les ha dado por llamar “narcoliteratura” porque las historias están basadas en temas del narcotráfico. Autores como Élmer Mendoza, Eduardo Parra y Luis Humberto Crosthwaite le han abierto el paso a una nueva camada de narradores que abordan el tema desde una perspectiva donde conviven no sólo el realismo puro, sino el género fantástico, el especulativo e incluso el periodístico. Autores consagrados como Arturo Pérez Reverte no es ajeno a este tema. Su decimo tercera novela; La Reina del Sur, no solo ha sido el libro más vendido sino que la misma cadena Telemundo la ha convertido en una de las series con mayor rating en Latinoamérica.

IV. ¿Con las narco novelas se pierde la función social de la literatura?

Una de las funciones sociales de la literatura es presentar la realidad tal como es, la otra (función) es presentarla estéticamente, lo que nos hace recordar que la “naturaleza” de este arte es subjetivo así que un escritor (por más que quiera) siempre modificará, en mayor o menor medida, la realidad social, para convertirla en realidad literaria. Los autores realistas seleccionan hechos, basados en acciones “aparentemente” objetivas (de la realidad), aunque nadie pueda comprometerse a no “manosear” esa neutralidad porque finalmente son inventores y no se puede inventar siendo objetivos.

Lo que hace la literatura es abrir un portal inmenso de opciones de un posible hecho y en esa apertura reinventa la realidad; la vida. La historia de Teresa Mendoza, que escribe Pérez Reverte, pudo haber sido de Juana López, incluso hay quien asegura que es la misma Sandra Ávila Beltran la que está retratada en ella pero, sería muy aventurado dar eso por cierto, pues aunque las dos tienen similitudes también son sumamente diferentes; empezando por el nombre.

Un narrador no está “obligado” a decir la verdad de los hechos, como el periodista por ejemplo. El literato utiliza la realidad para su propio fin y si quiere modificarla; lo hace sin remordimiento, sin pensar que está engañando a su lector. Si habla de hechos violentos quizás deba elegir la forma más adecuada pero no por utilizar las palabras más bonitas lo sangriento dejará de serlo.

Así que en la gran obra que se está desarrollando en el escenario nacional, es posible que las imágenes se refracten, hasta el punto que no haya nada tan parecido como la realidad y la ficción.

Bibliografía.

- E. Rohde, Teresa. La india Literaria. Porrúa 12ª Edicion. México DF, 2002.

- De Crescenzo, Luciano. Los mitos de los héroes. Seix Barral, Barcelona 1995

- Montes de Oca, Francisco. Literatura Universal. Porrúa 36ª Edición. México DF, 2003.

- Sierra Partida, Alfonso. Historia de la Literatura Universal. Herrero. México DF, 1986.


[1] Fragmento de Mahabarata.

lunes 24 de octubre de 2011

El ardid


Las cuatro de la mañana; ella seguía despierta. La incertidumbre de saber si en verdad Pedro estaba en el trabajo la inquietaba. Siempre era lo mismo cuando a su marido le tocaba el turno de la noche, sobre todo ahora que estaba sancionado por perder la pistola. Tomó el celular, verificó el crédito; dudó. La última vez que le marcó recibió una fuerte paliza. Había prometido no volver hacerlo, pero la zozobra era más fuerte. Se acordó de lo que decía su hermana cuando la veía angustiada “para qué lo celas si ya está panzón y calvo, quién crees que se va a fijar en él” quizá tenía razón, aunque ella seguía obsesionada como el primer día y reconociera que para mañas, Pedro se pintaba sólo, sino dónde había estado cuando perdió su revólver, por eso debía estar alerta “los hombres son tan cuscos que nada más andan viendo a quién se tiran”, pensó. Se quedó dormida.

A las seis en punto sonó el despertador. Se puso en pie. Mientras se peinaba recordó que le tocaba doblar turno ese día. Limpiaría todas las oficinas del consorcio de abogados. La del Licenciado Rodríguez, la más grande, sería la primera. Necesitaba dejarle impecable el escritorio, librero y mini bar para recibir buena propina así completaría para pagar la luz y el gas, estaba en eso cuando escuchó el rechinido de la puerta, era su hijo. Toda la semana había estado llegando a esa hora, quiso reprenderlo pero él rápidamente dio un portazo en la recámara. La mujer preparó el desayuno y le escribió unas líneas en un papel de estraza que se encontró en la cocina: comete algo y ahora sí, vete a buscar chamba regreso a la nocheAl entrar al cuarto para dejarle la nota le llegó el olor a cigarrillo y alcohol pero como otras veces lo ignoró. El chico roncaba, se veía cansado. Bertha levantó del piso el pantalón y la camisa pero algo resbaló de entre las ropas; era una pistola. La mujer dio un paso atrás asustada, a primera instancia no reconoció el arma, pero después se percató que era el revólver de Pedro, el que había perdido. Seguramente el chico lo encontró por casualidad y pensaba devolvérselo a su padre. Con cuidado tomó el revólver y salió despacio, lo escondió entre unas cajas que estaban junto al boiler. Vio la hora, tenía justo el tiempo para llegar al trabajo. Al bajar las escaleras del edificio se topó con Gladys, la bailarina.

―Buenos días Bertha ―escuchó decir burlonamente a la mujer.

Ella no contestó. El aroma a cigarro y perfume barato se le impregnó en la nariz, sólo hasta entonces dijo: ¡cómo apesta este pasillo!” a la distancia escuchó una ligera risilla de Gladys. “Pinche puta”, “debería irse del edificio” susurró.

En la parada del autobús estaba Eduviges, la vecina de enfrente. Hablaron de la bailarina, se rumoraba que estaba en amoríos con alguien de por ahí, no sabía quién pero debía tener toda la libertad del mundo para meterse en su casa porque a plena luz del día subía y bajaba por todo el edificio: cuide a su marido doña Bertha, esas mujeres no respetan nada apuntó la vecina antes de subirse al transporte. Las palabras de Eduviges quedaron rezumbando en su cabeza, entonces recordó los comentarios obscenos que hacía Pedro cada vez que se topaba con la bailarina, la odió más que nunca. Pidió a la virgen que alejara a su esposo de malas compañías y que le diera al chamaco un trabajo pronto así ayudaría también en los gastos de la casa.

Fue la primera en llegar a su trabajo. Se puso la bata, tomó los utensilios de limpieza e inició la faena del día. Antes del mediodía terminó de limpiar todas las oficinas. Las imágenes de Pedro llegando a casa y encontrándose con Gladys, no la dejaban en paz. Lo llamó entonces para decirle que había hallado la pistola, que ya no tenía que reponerla. Pedro contestó malhumorado, reprochando la interrupción del sueño y reclamando la comida insípida que había dejado, ella quiso justificarse pero antes que terminara de hablar el hombre colgó diciendo: “¡deja de estar chingando!… ¿quieres que te ponga otra vez en tu lugar?”. Algo le oprimió el pecho. Ni siquiera pudo decirle lo del arma. Por qué contestó de prisa, estaría con alguien. Decidió entonces regresar temprano a casa, tenía el pretexto perfecto; el revólver. Avisó a su jefe que no doblaría turno “es que…tengo un problemita” dijo. El conserje advirtió que si se iba le quitaría derecho a la cuota de puntualidad del mes. Bertha quería comprobar la infidelidad de su marido, ya ni modo con la prorrata.

A las tres en punto salió, su trabajo estaba terminado, sólo faltaba recoger la basura del segundo piso pero eso lo haría Juanita, su compañera. Volvió a llamar al marido para preguntarle si quería que le llevara unos tacos; nadie contestó, posiblemente seguía durmiendo aunque era la hora que veía la televisión. Llamó entonces a su hijo al celular. Éste dijo que andaba buscando chamba, para que no lo estuviera fastidiando, advirtió además que no se metiera en sus cosas, que ya estaba grande, que lo dejara en paz. La mujer aprovechó para preguntar por Pedro, el chico dijo que cuando él salió, su padre aún no llegaba. Nuevamente Gladys se le apareció seduciendo al hombre, sintió desfallecer, ahora más que nunca estaba segura que tenían algo, debía apresurarse. El trayecto a casa se le hizo eterno.

Al llegar al edificio vio a Eduviges barriendo el pasillo, la saludó y aunque quiso pasar rápido la mujer la detuvo. Bertha subrayó entonces que llevaba prisa, que otro día platicarían con más calma y preguntó si de casualidad había visto a su marido. La vecina respondió que no aunque seguramente había alguien en casa atendiendo a la visita. Bertha no entendió el comentario y Eduviges tuvo que ser clara.

―¡Híjole! no se vaya a enojar Bertita, pero ay tá su vecinita, la del cinco, la bailarina…la vi entrar hace ratos y…no ha salido ―dijo Eduviges clavándole la mirada y apoyándose con las dos manos en la escoba.

Bertha sintió hervir la sangre, no había duda, estarían revolcándose en su cama. Apenas si encontró fuerzas para abrir rápidamente la puerta, todo se veía normal. Casi se le va a golpes a Eduviges pero cuando estaba a punto de correrla escuchó los gemidos que salían de la recámara. Se fue acercando despacio mientras la vecina alegaba que ella nunca decía mentiras, que quien estaba adentro era la Gladys, la bailarina, que llevaba ya un buen rato. Los quejidos repicaban lastimosamente por toda la casa, no pudo más, corrió hacia las cajas. Sin pensar en nada empujó impetuosamente la puerta. Sus ojos se centraron sólo en ella, en Gladys. Estaba encima del hombre. La traición le dolió más que nunca. Instintivamente levantó el arma a la altura del estómago y tiró del gatillo. La fuerza con la que salió la primera bala hizo que casi se callera, pero pudo sostenerse aún en el umbral. Tiró de nuevo, quería terminar con eso de una vez. El olor a pólvora le quemaba la garganta. La mano le ardía. El aire era irrespirable. Eduviges no podía creer lo que pasaba, tambaleándose salió del cuarto, tras ella Bertha. Nadie dijo nada, sólo Pedro rompió el silencio, cuando llegó con una bolsa de comida en las manos.

miércoles 21 de septiembre de 2011

La insurgenta de Carlos Pascual



Estamos en pleno mes patrio y ¡el espíritu nacionalista sale a flote! si no, échenle una miradita a la ciudad y verán cómo sus principales calles lucen entre verde, blanco y rojo. Así que, queremos ponernos “ad hoc” con la recomendación del libro de esta semana.
Para este puente “vacacional” les quiero recomendar una novela de Carlos Pascual titulada La insurgenta. Esta historia gira en torno a Leona Vicario; mujer que, según las palabras del propio autor, fue más de ideologías que de anécdotas, a quien se le nombró Dulcísima Madre de la Patria, o sea que, sí tenemos madre y no solo padre, recordemos que es Miguel Hidalgo, no. El autor escarbó en la historia y encontró el pretexto idóneo (Leona Vicario) para resaltar el papel que tuvo la mujer en la lucha de independencia, combinando perfectamente la realidad y la ficción. Hay que subrayar (querido lector) que el hecho de que una novela esté basada en sucesos “históricos (y por ende, entiéndase “reales”) no quiere decir que se convierta en una radiografía exacta de lo que fueron los hechos, para eso están otros géneros.
La atmósfera narrativa de esta novela está manejada de tal forma que nos permite identificar el ambiente social de aquella época (1842) a través de los testimonios de los personajes. Pese a que desde el inicio de la historia la protagonista está muerta, el lector siempre la tiene presente a través de la multiplicidad de voces que la referencian. Las exposiciones se presentan por jornadas donde los declarantes acuden a externar lo que piensan de la señora Vicario, algunos la resaltan, admiran o insultan, solo por participar en el movimiento insurgente siendo mujer. Las voces se presentan en primera persona, dejando que sea el lector mismo parte de la audiencia que escucha atento al declarante en turno, incluso en ocasiones algunos personajes se dirigen al lector haciéndolo partícipe de la trama.
En la insurgenta encontraremos a los más variados personajes de la vida pública de aquel entonces como: Lucas Alamán, Carlos María de Bustamante, Benito Juárez, la Güera Rodríguez, Valentín Gómez Farías, militares, monjas, parientes y el viudo Andrés Quintana Roo todos, dejando ver su postura ante de lo que para ellos significaba la figura de Leona Vicario.
Así que, si en este 15 de septiembre a alguien se le olvida incluir el nombre de Leona Vicario en la lista de héroes nacionales estará omitiendo nada más y nada menos que a la mismísima madre de la Patria; imperdonable para un mexicano.

jueves 2 de junio de 2011

Ella y tú



La luna cae sobre tu sombra perdida entre pasiones, deformando el grueso de tu cuerpo. Ondulando tu alma en el agua cristalina de la noche. Recogiendo la mirada prensada en tu pecho. La luna quiere perderse en tus ojos negros. Ella dice tu nombre quedamente y sus labios se estremecen, sangran. Calla. Escode las letras para perder la ruta de tu origen; vigila. Los labios se revelan, se mueven maquinalmente buscando tu código; lo sella. Entonces mi voz se resiste a la censura y grito tu nombre. La luna palidece, se tapa lo oídos; aúlla dolor. La oscuridad acecha muerte…La expiación ahora tiene tu nombre. Necesito morir para volver de nuevo. Quedarme en ti y en ella. Ella que me lleva en su vientre y yo, que te llevó en mí.

La ruta



Camino contigo sobre mis propios pasos. Me siento en tu piel, en tu sombra. Mis garras no pueden detener tu alma que se escurre, vuela de prisa. Me pego en tus zapatos como un cometa, el aire juega con mis cabellos, remolinea en mi espalda hasta jalarme a la tierra; más allá. Solo mis ojos siguen la ruta, vas alto, más alto. Eres un punto en la nada. Eres nada en la mirada. Eres la mirada eterna; la mirada en mí.