
De la literatura mexicana se ha dicho mucho y se ha escrito más. Hay antologías, ensayos y artículos que nos muestran a los más importantes representantes de cada época desde el periodo prehispánico, conquista, colonia y demás etapas en donde se han ido gestando autores, temas y obras. Sin embargo, cuando se llega a lo que llamamos literatura contemporánea se nos presenta una incógnita y no es porque no haya dignos representantes de este tiempo sino porque justamente el inicio de lo que podríamos llamar literatura contemporánea mexicana no se refiere a lo actual sino a varios años atrás, veamos. Con la aparición en 1943 de El luto humano de José Revueltas y Al filo del agua (1947) de Agustín Yánez, se anuncia la época contemporánea de nuestra narrativa; sobresale el ensayo con Octavio Paz y El laberinto de la Soledad (1950), que establece una nueva visión del mexicano y que al llegar la década que va de 1960 a 1970, destaca notablemente en la mente de los nuevos autores los cuales van depurando, ensayando, agotando muchos tipos de narrativa y creando estilos. Entonces, estamos hablando de una generación diferente para aquellos tiempos, clásicos para estos. Esta formación literaria pretende ser una narrativa de ruptura, pues la visión de los autores, que en aquellos años tenían menos de treinta años, fue innovadora, ofrecían otra perspectiva de México, otros conceptos de escritura lo que tal vez incomodó a aquellos tradicionalistas que querían seguir viendo en la literatura temas a la patria o amor idealizado. Qué decir de aquella generación denominada La onda donde los escritores jóvenes destacaban en sus historias la rebeldía del adolescente quienes dejan de ser receptores y pasan a ser personajes importantes de las historias, utilizando la primera persona como voz narrativa, se establece una especie de código de iniciados para iniciados, literatura que el adolescente escribe para que el adolescente lea. Los personajes son críticos de su entorno, con vestimenta extraña, comportamiento desafiante, grotesco, inventando lenguajes, creándose una nueva identidad. Los escritores van experimentando estilos y lenguajes sin miedo, desafiando las reglas de la “buena escritura”, desarrollando ritmos narrativos que gusta a los jóvenes que por primera vez se sienten parte de lo que leen.
Cada generación de escritores y poetas han sido los voceros de su contexto social, se han revelado a lo que no les gusta o exhibido sus afinidades. La literatura contemporánea por lo tanto es el reflejo de lo que está pasando aquí y ahora, nos guste o no. La temática contemporánea ha cambiado, como también los narradores aunque volvamos a la duda de no saber desde cuándo empieza esta generación de nuevos escritores. Podemos mencionar a Luis Zapata (1951) y su temática homosexual con el Vampiro de la Colonia Roma (1979) hasta Juan Villoro (México 1956) y Enrique Serna (México 1959) como algunos de los escritores más jóvenes que destapan en cada una de sus obras y personajes, ese fondo oscuro que guarda el ser humano. Ese aparentar que todo está bien, que no pasa nada pero sabemos que nada está bien y pasa todo. Estos autores presentan las pasiones que rigen el comportamiento humano: amor, pasión, odio, venganza, muerte y que muchas veces tienen que ser disimulados por reglas sociales, por ello (los personajes) deben encontrar la mejor manera de expresar lo que sienten, de llevar a cabo sus deseos que la mayoría de las veces contrastan con sus conductas opuestas; no es lo mismo brindar ayuda espiritual para que una moribunda pase “purificada” al otro mundo que ultrajarla por venganza[1] o hablar abiertamente de las preferencias sexuales, contando a detalle cada uno de los encuentros[2].
En la poesía también se da ese cambio generacional en temas y estilos. La mujer se “atreve” a escribir poemas que se salen de esa línea romántica o culinaria a la que se le tenía asignados y empieza a descubrirse como amante, critica hasta inconformarse con su rol social. Así nos encontramos con Rosario Castellanos (1925) y Enriqueta Ochoa (Coahuila 1928) poeta que destaca en su obra la pasión, erotismo, deseo, a través de un estilo muy personal. La poesía de Enriqueta Ochoa está llena de misticismo, erotismo y religiosidad; elementos ligados en cada uno de sus versos. Los temas de sus poemas son de profunda interioridad; experiencias de vida y revelaciones dolorosas a través de un estilo sencillo y claro; musical, que permite al lector un fácil acceso a su mundo.
Dicen que una debe
morderse todas las palabras
y caminar de puntas, con sigilo, cubriendo las rendijas,
acallando al instinto desatado,
y poblando de estrellas las pupilas para ahogar[3]
el violento delirio del deseo.
Si la poesía es el reflejo de la realidad actual, no olvidemos entonces a Javier Sicilia, uno de los poetas que ha utilizado la palabra como herramienta para expresar el dolor que ha sentido por la muerte de su hijo.
“El mundo ya no es digno de la palabra
Nos la ahogaron adentro
Como te (asfixiaron),
Como te
desgarraron a ti los pulmones
Y el dolor no se me aparta
sólo queda un mundo
Por el silencio de los justos
Sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo”.
Con este poema Sicilia externó su dolor y puso fin a su carrera de poeta. Sin embargo sabemos que aunque las bocas callen, las palabras siempre buscarán la mejor manera de hacerse presente ya sea en un cuento, novela o poesía y siempre habrá también un narrador o poeta que preste sus manos para escribirlas.